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Aki y mi costilla problemática

Hace algunos años empecé a sufrir de una tos crónica. Después de descartar resfriados, laringitis, reflujo y demás problemas comunes que producen tos, me remitieron al especialista en tórax, quien tras los exámenes de rigor me alertó acerca del crecimiento extraño y desmedido de una de mis costillas. Parecía un asunto de mediana urgencia, pero el doctor prefirió dar un tiempo de espera antes de operarme.

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En ese momento, llegó Aki a mi vida. Durante seis meses, mientras era pequeño todavía siempre se recostó sobre mi pecho y mi tórax, ronroneando sobre la costilla en cuestión. El médico quedó asombrado pues, más allá de detener su crecimiento, incluso había disminuido su tamaño y no hubo necesidad de operarme.

Después me contaron de las enormes propiedades de reconstrucción ósea que tiene el ronroneo de los gatos. Por eso es usual que los ancianos que tienen felinos sufran menos de osteoporosis que los que no tienen mascotas ronroneantes.

También me ayuda un montón a mitigar mis frecuentes migrañas:

Jaqueca y Aki

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