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Lulú

Pasaron unos años. En una ocasión que estábamos en la finca de nuestros familiares en Villa de Leyva, junto a la puerta abandonaron a una gatita. Íbamos a quedarnos unos días más, así que la llevamos a la veterinaria del pueblo, le compramos comida de cachorros, le tomamos fotos y nos dedicamos a buscarle un hogar en Bogotá. Pero como era de esperar, nos encariñamos con ella. Le pusimos Lulú, y como quienes se mostraron interesados no estaban del todo seguros, acabamos quedándonos con ella también.

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Al llegar a casa, temíamos la reacción de los dos gatos mayores. En efecto, se mostraron reacios a la llegada de la chiquita, se erizaron y le bufaron. Pero ella, en seguida, con su diminuto tamaño y su melodioso maullido, les bufó a su vez y los amansó de inmediato. En menos de doce horas ya eran mejores amigos todos.

Lulú es una loquita de atar. Ya tiene más de un año pero se sigue comportando como niña, corretea por todas partes, le encanta jugar acompañada (Gâteaux y Aki se turnan, para poder descansar a ratos de todo lo que los hace correr y saltar) o sola, con cualquier pelotita, papel arrugado u objeto (no de su propiedad: es una ladronzuela) que encuentre a su paso.

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Desde poco después de la llegada de Lulú se nos hicieron claras dos cosas: una, que ya no cabíamos en un apartamento pues necesitábamos más espacio para los mininos, y dos, que seguiríamos recogiendo gatos abandonados, pero con la intención de ser hogar de paso. Por eso es que nació la idea de Gatos y Blues: un negocio que nos permita cuidar de gatitos abandonados y encontrarles hogares amorosos.

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